Otra de cine

La guerra no entiende de bandos, es la conclusión que se puede sacar de este clásico del cine bélico de 1958 dirigida magistralmente por Douglas Sirk y titulada “Tiempo de amar, tiempo de morir”. Basada en una novela de Erich Maria Remarque (quien hace una pequeña aparición en la película), narra los 21 días de permiso del soldado Ernest Graever (John Gavin), soldado alemán que acaba de llegar del frente ruso en la Segunda Guerra Mundial tras 2 años de servicio ininterrumpido. Al llegar se encuentra con que sus padres han desaparecido, su casa ha caído presa de los bombardeos aliados y toda la ciudad corre el mismo destino día a día. En este corto período de tiempo conoce a Elisabeth (Liselotte Pulver) y se casa con ella. En este clima de guerra, él busca a sus padres y ella a su padre, encerrado en un campo de concentración.
Se trata de un drama antibélico que nos introduce de lleno en el ambiente de guerra más sobrecogedor del cine de los años 50. Cuando has visto la mitad de la película acabas estremeciéndote cada vez que oyes la alarma de bombardeos aéreos. Lo sorprendente de la película es que el protagonista es un soldado alemán, en lugar de los héroes americanos típicos del cine de los 80 y 90, lo que queda explicado cuando se conoce que el autor de la novela tuvo que exiliarse de Alemania cuando el partido de Hitler subió al poder.
Hay varias escenas sobrecogedoras en la película, una de ellas cuando los protagonistas consiguen ir a cenar a un club exclusivo (e ilegal, por supuesto) en el que se reúnen la gente más adinerada que todavía reside en la ciudad y los altos cargos del ejército. Podeis imaginároslo: la mejor iluminación, la mejor comida, maitres, camareros, el mejor vino y espectáculo en directo con banda de música y una cantante exuberante… parece que no existe la guerra en ese local. De repente se oyen de nuevo las alarmas de bombardeo y los comensales recogen tranquilamente sus abrigos y sus copas de vino y se dirigen al sótano (refugio antibombas). En el refugio la fiesta sigue, esta vez entre barriles de cerveza y botellas de vino (que quereis, los refugios deben ser unas bodegas acojonantes). La cantante sigue su número interrumpida sólo de vez en cuando por el estrépito de las bombas caidas, ante lo cual anuncia con una sonrisa: “Me temo que esta última nota ha sonado algo desafinada. Disfruten de la guerra, la paz será peor”. Y acto seguido las bombas penetran en el refugio; el edificio se viene abajo aunque nuestros protagonistas consiguen sobrevivir. Lo más impactante de toda la escena no es el bombardeo en si, ni ver cómo las bombas dejan reducido a escombros incluso el refugio, ni cómo algunas de las personas que salen del edificio lo hacen envueltos en llamas suplicando por su vida. Para mi lo mas importante de la escena es la frase de la cantante: “Disfruten de la guerra, la paz será peor”. Como diría Nando Dixkontrol (Fanhunter de Cels Piñol): “Puta guerra…”

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